· Texto: | Foto: Gentileza Juan Carlos Casas

Antes de ser El Bocha, Ricardo Enrique Bochini era simplemente Richard, un pibe de Zárate que pasaba el rato con una pelota en sus pies. Aunque el pibe ya tenía pasta de crack. No en vano a los 13 años ya jugaba en la primera del Club Belgrano y le hacía frente a defensores que lo duplicaban en edad en la liga regional.

Pero incluso antes de Belgrano, aquel Richard ya daba que hablar en las canchas de baldosa del Estrada Football Club, situado a unos 100 pasos de la casa de los Bochini. Por esos días, Independiente ni aparecía en el radar. Tampoco Boca, adonde se probó y no lo tomaron. Acaso San Lorenzo (otra prueba frustrada, aunque por distintos motivos), equipo por el que simpatizaba de chico y del que su padre era fanático. Pero no. Antes de todos, estuvo Flandria.

La leyenda resuena en los pasillos del Estadio Carlos V hace ya varias décadas: “De pibe, Bochini estuvo a punto de jugar en Flandria”. Los años y los intérpretes fueron exagerando la anécdota. Como un cuento que pasa oralmente de generación en generación y con cada reproducción va perdiendo algo del original. Pero detrás del mito, hay un recorrido especial.

"Sí, es cierta la historia”, le confirmó Bochini a . “Yo tendría unos 10 años. Era la primera vez que iba a jugar a Flandria. Con los chicos de Estrada se armó como una selección y fuimos a jugar un campeonato de verano. Me acuerdo que se hacía de noche, partidos de seis contra seis. Y jugamos muy bien, no sé si no salimos campeones. Después de eso sé que la gente de Flandria habló con mi viejo para ver si yo quería ir a jugar al club, pero no se terminó dando”.

 

 

Es que ese tal Richard realmente hacía la diferencia. Era un diamante en bruto correteando entre las canchas del norte bonaerense, el secreto a voces de la zona: “Me venían a ver jugar de todos lados. Se hablaba que andaba bien, que jugaba bien en cualquier lugar al que iba”.

Flandria por entonces tenía recién estrenado el Carlos V. Algunos años después (en 1972) lograría el ascenso a la Primera B, la vieja segunda divisional del Fútbol Argentino, y en 1976 firmaría la mejor campaña de su historia, quedando a unos pocos puntos de llegar a la máxima categoría.

Para el Bochini de 10 años, el Canario era una referencia por añadidura: “Sabía que jugaba los torneos de AFA, porque a veces yo iba a ver a Defensores Unidos y conocía a los otros equipos”. Flandria pudo haber sido también su primer club de despegue. Pero la historia quedó en potencial. Un “qué hubiera pasado si” que desde entonces alimenta cualquier fantasía.

En el club aseguran que el acuerdo se cayó cuando Antonio Bochini, el padre de la criatura, pidió incorporar en la propuesta un trabajo para él en la fábrica del pueblo. “Es muy posible. En Dálmine, un tiempo después, también pasó algo así”, asiente Ricardo.

En más de una ocasión, el eterno 10 de Independiente reveló que detrás del sueño de convertirse en futbolista también descansaba la esperanza de ayudar económicamente a su familia. En la casa de Zárate eran nueve hermanos y Antonio rotaba por fábricas y obras de la zona, improvisando oficios y funciones.

“Mi viejo pasó por varios lados, pero nunca efectivo, siempre temporal. En algunas fábricas estuvo uno o dos años. Si no, hacía cosas de albañil o se buscaba alguna changa”. Ricardo recuerda una metalúrgica. También una fábrica de Campana. Amontona consonantes ensayando algunos nombres de la época.

Antonio Bochini falleció en marzo de 1991. Pocos meses después, Ricardo le pondría fin a su brillante carrera como futbolista profesional. Su partido despedida, en diciembre de aquel año, congregó en Avellaneda a más de 40 mil personas.

En 2007, Bolívar lo vio pisar otra vez una cancha de fútbol a nivel oficial. Fue en clave de homenaje, en un choque correspondiente al Torneo Argentino C, pero la estampa seguía intacta: en una de las primeras pelotas que tocó intentó hacer un caño. Cuatro décadas atrás, la misma desfachatez había puesto a Jáuregui a sus pies. Y el resto de la historia, ahora, es conocida.

 

 

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