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"Podés tener un Sofitel, pero si no hay un ambiente tranquilo no sirve”. La frase, como ensayando un eslogan de ocasión, cierra la reflexión de Roberto Grande, intendente del Club Náutico El Timón. El grabador llevaba corriendo ya unos 10 minutos. La charla había comenzado en el galpón donde se guardan los casi 50 botes que se ofrecen a los socios, a la vera del río Luján. Siguió en las oficinas del edificio principal, entre revistas por los 75 años de la institución y folletos de las escuelitas deportivas que se dictan en el lugar.

El Timón nació en 1939, sobre unos terrenos cedidos por Julio Steverlynck. El origen lo consagró como un club ligado a las disciplinas náuticas. Hoy se erige como un hogar lujoso para la práctica de una veintena de deportes; desde fútbol hasta bochas, con un abanico que incluye arquería, kayakismo o taekwondo y un énfasis todavía visible en aquellos que lo elevaron al punto de la representación olímpica: natación y remo.

 

 


Entre las postales de El Timón, se cruzan nueve canchas de tenis (donde se disputan diversos torneos nacionales), cuatro de fútbol (todas de césped), una de hockey, una de básquet, una de voley, dos de paddle, una pileta olímpica y otras tantas instalaciones para los vecinos de Jáuregui. Mejor dicho, de todo el partido de Luján. Porque Flandria Sur, sobre cuyo límite yace El Timón, hoy tiene cerca de 3000 habitantes; el club, 5000 socios.

“Más o menos la mitad es de Jáuregui, otro tanto de Luján y algunos de afuera”, remarca la presidenta Ana Clara Torelli, estableciendo fronteras desde el lenguaje mismo. “Siempre se trata de priorizar a la gente del pueblo. Hay escuelas que vienen a hacer educación física sin costo alguno, lo mismo para colonias o instituciones que trabajan con personas con discapacidad. El club se abre a la comunidad”.

Ese sentido de pertenencia que forjó el padrinazgo de Steverlynck tuvo por muchas décadas un vínculo hermanado entre el club y la algodonera. “Se rompía un foco y venía una patrulla de la fábrica a arreglarlo”, grafica Ana Clara. “Así la institución fue modernizando las instalaciones, todo con mano de obra de la Flandria”, aporta Roberto.

 

Con la muerte de Steverlynck y la quiebra de la fábrica, El Timón, como todo Jáuregui, debió improvisar para subsistir. Cambió la manera de pensar la gestión, ganaron protagonismo las subcomisiones formadas por los propios socios y tomaron otro tono los eventos especiales en el club. Si antes se organizaban bailes para diversión del pueblo, ahora se hacían juegos o competencias para recaudar fondos.

“Fuera de eso, hoy la única entrada que tiene la institución es la cuota societaria -retoma Ana Clara-. Y como se trata de mantener siempre baja, alcanza para lo mínimo: sueldos, cargas sociales y mantenimiento”. En la Ciudad de Buenos Aires, ser socio activo de un club con la infraestructura que ostenta El Timón ronda los 800 pesos. En Jáuregui, se paga entre 100 y 150.

Ana Clara Torreli
Presidenta de El Timón

El club como herramienta social. Ese es el parámetro que rige El Timón. Y en la causa se pone el cuerpo: para satisfacer a 5000 socios, hay solo 20 empleados; el resto, directivos y voluntarios. “Es un pueblo con muchas instituciones, con gente que se dedica a ayudar de forma gratuita”, explica la Presidenta. “Los scouts, el Martín Fierro, los clubes… uno está porque está comprometido con la institución. Yo siento que estoy devolviendo un poco de todo lo que el club me ofreció y me sigue ofreciendo”.

Ana Clara responde desde un banco de plaza, entrecerrando los ojos por el reflejo del sol, corriéndose el pelo de la cara por el viento. Es un sábado espléndido y en las 17 hectáreas del complejo se reparten unas 400 personas. A pocos metros, su hija se entretiene entre hamacas y toboganes. Ya estaba jugando sola allí mientras su madre recorría el club.

"Una vez que los chicos toman noción del peligro del río, ya está. Vos llegás, desaparecen, juegan, cuando te estás por ir los llamás y te vas. Es así. Yo me he criado acá y ahora he criado a mis hijos. No hay peligros. Nunca hemos tenido problemas ni necesidad de tomar los cuidados de otros clubes”.

Y la parábola vuelve a destino: tranquilidad mata sofisticación. Aunque El Timón puede preciarse de ambas.

 

 

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