· Texto / Fotos:

 

En los terrenos de la ex Algodonera Flandria, aún hay rincones suspendidos en tiempo y espacio. Un viaje al pasado en cuatro paredes, con máquinas, ropas, objetos y documentos que estructuraron la historia de una fábrica y la evolución de un pueblo.


El rescate no es casual ni aleatorio. Fueron dos historiadores quienes orquestaron el registro y la conservación de las piezas, con años de trabajo voluntario y un sentido de identidad que hace ya casi una década tomó entidad de museo.


El rastreo comenzó en 2002, ante la reapertura del lugar -devenido entonces en parque industrial-. El nuevo dueño, Carlos Diforti, no fue obstáculo para su realización. Pero sí los siete años de abandono. “Del complejo se habían adueñado árboles, hormigas, palomas, ardillas, ratones, ácaros… Fue complicado recolectar y limpiar cada objeto”, recuerda Claudio Tuis, impulsor del proyecto junto a Mariela Ceva.


“Con una comisión de vecinos empezamos a ir dos veces por semana, juntando papeles u objetos que nos parecieran importantes. Era una tarea muy rara: teníamos un carrito de ruedas de goma, pasábamos por las distintas secciones y nos llevábamos lo que nos resultara relevante”, relata Claudio a la distancia.


Pronto el material acumulado colmó la capacidad del pequeño cuarto que tenían a disposición. Y el propio Diforti ofreció la alternativa definitoria: el antiguo comedor de la fábrica. Allí se erigen hoy telas de otros tiempos, fotos olvidadas o iconografía de época, entre bancos de hace 50 años y utensilios de cocina colgados de la pared. Como si toda la vieja fábrica se hubiera comprimido en un solo salón.


El Museo Textil vio la luz oficialmente en 2006, en un acto de apertura del que participó el ministro Julio de Vido. Desde entonces, atrae a todo tipo de visitantes. “Esto es turismo del sentimiento”, lo definió Claudio alguna vez, como retrata el libro Hecho en Flandria, de Sebastián Stupenengo.


“En estos años de trabajo... no, de trabajo no -nos aclara-, de divertirme con la gente que viene... he recibido a chicos de jardín, alumnos de primaria, secundaria, extranjeros. Hace poco la hija de un exempleado de la fábrica vino a festejar el cumpleaños al museo”.


Por eso la frase ya quedó como lema, a tono con un pueblo que jamás ha renunciado a sus raíces: “Una vez atendí a una abuelita de 80 y pico de años. Cuando se va me dice: ‘Si ustedes me precisan para algo, yo vengo’. Si esos no son sentimientos, me pregunto cuáles serán”.

 

 

Notas relacionadas

La década fantasma - Jáuregui

Los '90 sacudieron a Jáuregui. Algodonera Flandria quebró y las numerosas instituciones que de ella dependían quedaron cerca de perderlo todo. Cronología de un pueblo que le ganó al abandono.

Un pueblo, dos fundadores - Jáuregui

Ambos europeos: uno español y otro belga. Jáuregui o Flandria. El relato por las raíces tiene defensores y detractores. La estación de tren en el medio de la nada o la fábrica algodonera que crió a miles.

Peronismo antes que Perón - Jáuregui

Steverlynck creó una comunidad: construyó una iglesia, dos clubes, una escuela, cientos de casas. Y hasta aplicó medidas peronistas antes que el General: asignación familiar, vacaciones pagas y aguinaldo.