· Texto: | Fotos: Archivo Cecil Steverlynck

No había electricidad, agua potable, servicios médicos, ni línea telefónica. Ni siquiera una iglesia. Cuando el belga Julio Steverlynck llegó a caballo, en 1927, el pueblo de Jáuregui solo era una escuela rural: diez alumnos y un maestro. Una estación de trenes, un molino viejo y un puente resquebrajado estaban desparramados en la nada. Para conseguir lo mínimo e indispensable había que hacer unos kilómetros, ir a algún almacén de campo en otros pueblos de la zona: Olivera, Cortínez o Carlos Keen. O, claro, a Luján, la gran ciudad.

Tras su paso por Valentín Alsina, Steverlynck se instaló en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires con lo más importante que tenía en la vida: su esposa Marie Alice Gonnet, quince hijos, los telares y otras máquinas complementarias que se había traido de Europa. Tenía una idea fija: poner una fábrica y quedarse para siempre.

 

Julio y sus quince hijos.

Había que empezar de cero. Federico Fernández de Monjardin era intendente de Luján cuando don Julio llegó. Estaba asombrado de que alguien quisiera crear una planta industrial en un lugar tan inhóspito, en el que ni siquiera contaba con mano de obra local. “Este gringo está loco. Dentro de seis meses larga todo y se vuelve a Buenos Aires”, le dijo a sus asesores y lo ninguneó. “Nunca cometí un error peor que ese”, le confesaría a Joris Steverlynck, uno de los hijos de Julio, en un almuerzo muchísimos años después.

“Mi papá tenía mentalidad europea, muy liberal, no se le escapaba una para los negocios. Tenía la idea bien clara: empezó a buscar personas con ganas de trabajar, las formó y puso en marcha la fábrica. Al mismo tiempo, creaba un pueblo. A cada trabajador le regalaba 150 metros cuadrados de tierra para que se instalara con su familia. Cien metros para construir una casa y cincuenta para el jardín”, nos cuenta Cecil, una de sus hijas.

Steverlynck en la Primera Guerra Mundial

“Están quienes dicen que Steverlynck tenía a todos los habitantes del pueblo esclavizados. Pero eso no es así, la gente tenía muchos beneficios. En Villa Flandria ya había asignación familiar, vacaciones pagas y aguinaldo antes de que existieran las leyes”, explica Oscar, hoy empleado del parque industrial que funciona en los terrenos de la histórica fábrica de Don Julio. Su abuelo llegó desde Ciudadela para trabajar en la fábrica textil y le dieron un terreno al lado de Pueblo Nuevo (a escasos kilómetros del centro de Jáuregui). Allí empezaría una generación de trabajadores de la Flandria.

En uno de sus viajes a Bélgica, Steverlynck compró centenares de bicicletas para sus empleados. Cuentan algunos visitantes de la época que cerca de las once de la mañana, cuando sonaba la sirena del cambio de turno, cientos de trabajadores, vestidos con guardapolvos blancos salían por los portones de la fábrica en bicicleta como si fuera una bandada de palomas.

En la época de esplendor de Steverlynck, en Luján se hablaba de la República de Jáuregui. Todo lo podían resolver sin la ayuda de ninguna autoridad municipal, provincial o nacional. De allí que el nombre de sus calles son un homenaje al origen y al esfuerzo de sus habitantes, a sus tradiciones y a sus árboles: España, Italia, Hilanderos, Tejedores, las Acacias, las Catalpas, los Plátanos, las Sophoras, etc.

 

Política

El peronismo nunca simpatizó con Steverlynck. Su prolijidad liberal y su método autárquico chocaba con la política peronista. En marzo de 1947 hubo un conflicto gremial que empezó con el despido de dos empleados. Lo que parecía un problema de pueblo se agrandó: la CGT tomó la bandera del caso y peleó hasta las últimas consecuencias por la reincorporación de los dos trabajadores de la industria textil. Y amenazó con una huelga general para el 14 de abril.

Steverlynck, entonces, llegó a los grandes medios nacionales: el caso del belga explotador. En Jáuregui nadie creía en estas versiones, todos estaban convencidos de que los dos empleados habían sido correctamente despedidos por grave indisciplina. Por eso no apoyaron el conflicto y desde el inicio pensaron que se trataba de un hecho político que les era ajeno.

 

Los reyes de Bélgica y el entonces presidente Arturo Illia en Jáuregui.

Julio era un empresario muy reconocido a nivel internacional. Años más tarde los mismísimos reyes de Bélgica visitarían Jáuregui junto al entonces presidente Arturo Illia. Sus contactos en Europa eran fuertes: la embajada de Bélgica y la Nunciatura de la Santa Sede intervinieron a su favor en el conflicto gremial. Si bien el Gobierno Nacional cedió la presión, el problema no se terminó.  

El padre Virgilio Filippo, un sacerdote que fue asesor espiritual de Evita y, a partir de 1946, nombrado Adjunto Eclesiástico a la Presidencia de la Nación por Juan Domingo Perón, admiraba a Steverlynck. Para destrabar la situación acordó una reunión entre don Julio y Evita.

“No la contradigas”, fue lo único que le pidió Filippo.

“Al día siguiente, mamá acompañó a papá a Buenos Aires. Llegaron a las 11 a la sede del Consejo Deliberante, donde Evita lo esperaba”, cuenta Cecil. Evita conocía su trayectoria: le habló de su fábrica, de Jáuregui y de sus intereses sociales. Le habló con confianza, hasta le dio algunas palmadas en la rodilla. Y fue en una de esas que le dijo una de las frases más fuertes que el belga haya escuchado alguna vez:

- Don Julio: hay una cosa que ni el General ni yo podemos perdonarle. Y es que usted hizo peronismo antes que Perón.

Lo que le había molestado a Evita fue una carta que el obispo de San Luis había enviado a Steverlynck en la que le agradecía su ayuda para que un grupo de la Juventud Obrera Católica, fundada por el belga Joseph Cardijn, fuera a un congreso internacional en Roma.

Después fueron al tema central de la reunión: los dos trabajadores despedidos. Evita cedió en la medida disciplinaria pero exigió que se pagaran todos los días no trabajados.


- No, eso no lo voy a hacer.

- Entonces tendremos que deportarlo.

Orgulloso, Julio respondió que si debía abandonar el país con quince hijos argentinos y recomenzar su vida en otro lado, lo haría antes de ceder ante la injusticia. En diez años, dijo, fundaría otra Villa Flandria.

La situación era demasiado riesgosa para Steverlynck. En los medios se pedía que se aplicara la Ley de Residencia y que lo expulsaran del país. “Fueron los peores días en la vida de mi padre. Pasaba noches y noches sin dormir. Si bien confiaba en su capacidad, sabía que irse a otro país con todos sus hijos sería una misión casi imposible”, cuenta Cecil.

Tras días de silencio, Evita lo mandó a hablar con Miguel Miranda, personaje clave en la economía de la primera presidencia de Perón, que tenía una fábrica en Olivera, un pueblo a pocos kilómetros de Jáuregui, y que conocía a Steverlynck. Finalmente llegaron a un acuerdo: la empresa aceptó, solo por razones sociales y sin aceptar responsabilidades, pagar nueve jornales.

 

 

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