· Texto: | Fotos: Gentileza El Kiro

—Mirá, estas son las fotos que más buscan los domadores: el caballo patas para arriba y el jinete con el brazo extendido. Es el momento de máxima dominación del hombre hacia el animal.

El Kiro es la referencia fotográfica de la zona. No hay festival de doma en el que no esté con su cámara. El que quiera una imagen de recuerdo, tiene que ir a tocarle timbre. Su casa/estudio está en Cortínez, otro pueblo del partido de Luján, a pocos kilómetros de Jáuregui.

—Y estas son las que buscan los tropilleros. Cuanto más escandalosa sea la caída del gaucho, más fuerte parece el caballo.

El Kiro no se olvida de la jineteada que se armó en el Círculo Criollo Martín Fierro en 2013. Dice que se laburó de lo lindo. Y no exagera. Según Oscar Verón, presidente de la institución, ese sábado hubo más de cinco mil personas, fue todo un récord. Hasta estuvieron las cámaras de Jineteando, el mítico programa sobre doma y folclore de Canal 9 que conducía Cacho Ledesma, recientemente fallecido, el 25 de julio de 2014.

“Fue impresionante, llegaron gauchos de toda la zona. El campo que tenemos enfrente, lo tuvimos que usar de estacionamiento y estaba que no daba más”, recuerda Verón. Cuando hay un evento de esa magnitud, el Martín Fierro luce espléndido. Los gauchos eligen sus mejores ropas: camisa, pañuelo, sombrero, bombacha, botas y, lo más importante, el cuchillo, que los hay de todos los tamaños y colores. El único requisito es llevarlo enganchado en la cintura, adentro del pantalón o afuera.

Los feriantes también muestran lo mejor que tienen para vender: cueros de todo tipo (billeteras, cinturones, botas, llaveros), ponchos, miel, vino, facones, navajas, boinas, alpargatas y un largo etcétera que se distribuye en decenas de puestos que rodean el estadio. Para este tipo de eventos el Martín Fierro tiene un escenario donde se hacen shows musicales, sorteos y otro tipo de actividades. Y también, no puede faltar, la enorme parrilla que puede abastecer a miles de personas: choripán, bondiola, vacío.

Pero cuando no hay cinco mil personas, ni un hormiguero de autos, ni un terrible parrillón, el Martín Fierro es un museo. Repleto de banderines, trofeos, premios, homenajes y reconocimientos a la institución. Oscar Verón, alpargatas blancas, bombacha verdosa, camisa a cuadros que combina con el pañuelo y boina negra, hace el recorrido: cuenta la historia del juego de pava y mate gigante que donó un vecino hace muchos años, la de la bandera de la estancia La Querencia, la de La Paloma, la mítica carreta que años atrás fue tirada por bueyes.

El Círculo Criollo se fundó el once de agosto de 1945. “Estaba atrás de ese monte, ahí donde está El Timón”, cuenta Verón. Años más tarde, Julio Steverlynck donaría terrenos conjuntos para la instalación definitiva de dos instituciones sociales: de un lado, el Martín Fierro; del otro, el club Flandria.

“Cuesta mucho mantener todo esto. Somos alrededor de 300 socios y la cuota social son 20 pesos por mes. Con esa guita es imposible sostenerlo, por eso hacemos fiestas, jineteadas, peñas. O trabajamos nosotros: venimos un sábado, cortamos las plantas, nos reunimos en Comisión, lo hacemos todo a pulmón”, explica Verón. Todo lo hacen sin ayuda del municipio: “Algún subsidio podemos llegar a conseguir, pero todavía no está nada firme”. Ya sabe cómo son las cosas y con un cierto aire de resignación pero más de orgullo dice que “es una institución muy vieja, con mucha historia y hay que mantenerlas, no podés dejar morir la tradición”.

De sufrimiento y resistencia conocen. En los años noventa, con la quiebra de la algodonera que sustentaba todo Jáuregui, se vivieron tiempos de mucho nerviosismo, casi todas las instituciones corrieron el riesgo de perderse. Los colegios, los clubes, y también el Martín Fierro, que si bien zafó por la ley de expropiación de 1996 que evitó el remate de los terrenos, todavía no está en regla: “Nosotros con la escritura todavía estamos en trámite. Ya estamos liberados, pero se está gestionando”, dice Verón.

 

 

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