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Durante 50 años, Jáuregui tuvo en la Algodonera Flandria un motor de crecimiento refundacional. No solo como fuente de trabajo, sino esencialmente como usina social y cultural. Su dueño, el belga Julio Steverlynck, añoraba un proyecto tanto más comunal que industrial, y esa visión se tradujo en impulso y apadrinamiento de una decena de instituciones heterogéneas.


Los clubes Flandria (hoy con un equipo en la tercera categoría del fútbol argentino), El Timón (hogar de tres participantes olímpicos), la banda musical Rerum Novarum, el círculo criollo Martín Fierro, el Colegio Inmaculada Concepción, el Grupo de Scouts San Luis Gonzaga -y la lista sigue- fueron posibles por y a través de la algodonera.


El apoyo era estructural. En lo económico, en lo territorial, en los recursos cotidianos. Por eso, cuando la algodonera entró en recesión, Jáuregui mismo se paralizó.


“Un punto de quiebre fue la muerte de Julio, en 1975. De allí en más empezaron a sucederse ciertos desmanejos administrativos -recapitula un viejo empleado de la fábrica-. Y el golpe final lo dio la política económica de apertura en los ‘90. Se hacía sencillamente imposible competir con las importaciones”.


En 1995, Algodonera Flandria cerró sus puertas. Por defecto, el arrastre de la quiebra suponía un desarraigo brutal: todas las instituciones estaban a nombre de la empresa. “Uno nunca pensaba que la fábrica iba a dejar de estar”, repiten todavía hoy en el pueblo, como argumento natural. Por varios años, la incertidumbre fue total. Y el desamparo, un contexto latente.


“En el ‘97, por curiosidad, me metí de forma clandestina a la fábrica. Y parecía un cementerio. Un silencio tremendo, los galpones abandonados. Horrible. Años congelados en el tiempo. Casilleros de ropa que estaban tal cual del último día. Tazas de café que habían quedado en el mismo lugar. Una imagen muy triste y muy impresionante”, retrata Hugo, otro exempleado de la Flandria.


Ese estado de abandono y el desconcierto en torno a las entidades “huérfanas” de la algodonera tuvieron un correlato mediático que marcó una época: “Jáuregui, pueblo fantasma”. Así editorializaron la problemática distintos medios nacionales.

Faja de clausura de la Algodonera Flandria, en 1995. [Foto: Archivo Algoselan Flandria]


“Fue algo que causó mucho malestar en el pueblo. Porque estábamos golpeados, pero no muertos. Y ninguna institución cayó”, recuerda Darío, tercera generación de trabajadores de la algodonera.


A fines de 1998 llegó la solución. A través de un proyecto impulsado por la senadora bonaerense María Inés Fernández, la Legislatura de la Provincia declaró como inmuebles de “utilidad pública y sujetos a expropiación” a los distintos lotes que garantizaban el funcionamiento de todas las asociaciones.


Entre los fundamentos de la ley, se resaltaba la “importante obra progresista y social” que había fundado la algodonera, “siendo la causa del vigoroso impulso de la creación [y crecimiento] de nuevos barrios”. El argumento del rescate, el corazón mismo del desarrollo del pueblo.


Jáuregui estaba nuevamente de pie. Pero la discontinuidad operativa de la fábrica seguía siendo una sombra cotidiana. Un problema de fondo que lateralmente afectaba a todo Luján y que se mantendría sin resolución por tres años más. “Se decía que querían hacer una universidad, un edificio, vender las máquinas, había mucho nerviosismo”, relata Ignacio, hoy empleado en una de las empresas que funcionan en el lugar.


En diciembre de 2001, mientras el país erosionaba políticamente, en Jáuregui fue tiempo de reactivación: la vieja algodonera Flandria salió a remate público y fue adquirida por Carlos Diforti, dueño de la firma Algoselan, otra empresa ligada al rubro textil.


La idea de un parque industrial recién iría tomando forma con el correr de los meses, pero el solo hecho de volver a ver la planta en funcionamiento despertó una expectativa superadora. “Cuando salió el remate, rebasó la portería de currículums. Todos los exempleados querían ser parte”, nos cuenta Carlos Sansalone, actual Jefe de Personal en Algoselan.

 

 


El Parque finalmente se inauguró en agosto de 2003. “Recuerdo que había unas 60 personas y dos fábricas, más una tercera instalándose. Todo con las máquinas viejas. Hoy hay 22 empresas, 1200 empleados directos y se compra todo cero kilómetro”, grafica Sansalone.


En 2013, como proyecto de expansión, Algoselan también adquirió los terrenos de la ex-Curtarsa, curtiembre que en el pasado había tenido innumerables denuncias por contaminación en Jáuregui. Allí ya funciona un segundo polo industrial.


Veinte años después de la quiebra de la Flandria, su legado persiste.
¿Pueblo fantasma? Pueblo vivo. Más que nunca.

 

 

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