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Faltan minutos para las 11 de la mañana. Estamos en Jáuregui, es sábado y la calle San Martín ya mutó en estacionamiento circunstancial. Las camisetas amarillas ganan la escena, abandonan los autos, llegan a pie del centro del pueblo. Nos adentramos en el Estadio Carlos V. Juega Flandria.

En las boleterías se vende un bono excepcionalmente obligatorio de 30 pesos. Fuera de eso, los socios no pagan extra. Los hinchas visitantes hace rato ya no son parte de la escena. El fútbol argentino ha logrado esto: en Jáuregui pueden verse vacas y caballos detrás de los arcos, pero no gente de otros equipos.

A una arboleda de distancia de los ingresos, bordeando las canchas donde practican las divisiones infantiles, descansa el lugar donde todo empezó: la algodonera homónima, la Flandria propiamente dicha, ícono del desarrollo del pueblo y hoy reconvertida en Parque Industrial. Después de todo, Jáuregui también es Villa Flandria.

En aquellas oficinas, entre los viejos galpones donde patearon los obreros que fundaron el primer equipo, hoy hay fotos históricas y camisetas encuadradas. Una lleva la firma de Lionel Messi. Otra, de David Trezeguet.

Con el fútbol, todos los Flandrias se condensan: la fábrica, el club, el pueblo.

 

 

Por medio siglo, la institución creció al abrigo de la algodonera y de su dueño, el belga Julio Steverlynck. Más paternalista que patrón, Steverlynck permitió que sus hombres jugaran al fútbol en sus recreos del trabajo, alentó la entidad institucional que el proyecto tomó en 1941 y donó terrenos para construir las distintas instalaciones.

Para 1949, después de un primer paso por la liga lujanense, Flandria conseguía la afiliación en AFA. Una década después, se inauguraba el Carlos V sobre el que nos reformulamos la historia una tarde de octubre.

 

 

Por aquellos años, el predio cedido por Sterverlynck se repartía con el Círculo Criollo Martín Fierro, otra institución hermanada con la algodonera. “Se compartían hasta los baños”, nos grafican en el centro hoy consagrado a la doma y el folclore.

En los ‘70, acompañando uno de los ascensos del equipo, se levantaron rejas y paredes para dividir formalmente el territorio. Pero desde la quiebra de la algodonera y la ley de expropiación de 1998 que evitó el remate de los terrenos, sigue sin haber un límite legal. “Hay un campo enorme que no está subdividido, pero ya hay un principio de acuerdo”, acotan en el club, a la espera de la escrituración.

 

 

“El que la mueve es Costa”, nos enteramos en la platea. Arranca el partido y el 10 no defrauda. En la primera pelota que toca se saca dos de encima, entra al área y define. Primero de seis que le haría el local a su rival de ocasión. “Es de Arsenal el pase, pero ahí no tiene lugar. Acá hace la diferencia”, nos completan sobre el goleador.

“Acá” es la C, la cuarta categoría del fútbol argentino. Un piso que Flandria no visitaba desde la temporada 1997/1998. Pero anticipamos el final: en el cierre de 2014, y dirigidos por Pedro Monzón (finalista con Argentina en Italia 90), los Canarios lograrían el ascenso y la vuelta a la B Metropolitana.

La Primera aparece hoy como un sueño lejano. Pero cuatro décadas atrás fue una ilusión tangible. Entre 1973 y 1979, Flandria disputó la segunda división del fútbol argentino, la vieja Primera B, compartiendo cartel con equipos como Lanús, Banfield o el Ferro pre Griguol.

 

 

Eran tiempos de Pedro Mansilla en el banco Canario. El mismo Perico Mansilla que forjara una de las delanteras más recordadas en la historia de Racing (sale de memoria: Corbatta, Pizzuti, Mansilla, Sosa y Belén), donde se coronó campeón en 1961. Pero su origen no fue otro que Flandria. Allí se formó, hizo sus primeros goles y captó la atención de Boca, que lo compró en 1956 a cambio de 400.000 pesos de entonces y la realización de un amistoso en pleno Jáuregui.

Luego llegó la consagración en Racing, la vuelta a Flandria antes de dejar la actividad en 1971 y, de inmediato, el debut como DT con un plantel poblado de jugadores de inferiores, que terminó de rubricar el ascenso en un desempate con Sarmiento en cancha de Ferro.

En 1977, Flandria firmaría la mejor campaña de su historia, con 13 triunfos, 14 empates y 9 derrotas en el torneo de Primera B, quedando en 4ª colocación y a ocho puntos del campeón y único ascendido de entonces, Estudiantes de Buenos Aires.

 

 

Promedia el segundo tiempo en Jáuregui y Flandria ya gana 4-0. El partido se ha desvirtuado. De este lado del alambrado, en el trazo de pasto que separa la tribuna de la cancha, un grupo de chicos anima su propio peloteo. Llevan todos el uniforme amarillo, pero difícilmente hayan escuchado hablar aún de aquel equipo de Mansilla.

 

 

Tampoco del Marqués Ruben Sosa, aquel refinado delantero de ese Racing de los ‘60, que se vino del fútbol de Estados Unidos a la tercera división de Argentina para volver a compartir cancha con su amigo Mansilla.

O que otra gloria como Arsenio Erico tuvo su etapa en el club como entrenador. O que una de las más grandes leyendas del fútbol rosarino, encarnada en la figura del Trinche Carlovich, escribió antes su libreto en Jáuregui.

Acaso estén al tanto de que el Pichi Mercier campeón de América con San Lorenzo hizo sus primeras armas en el Carlos V. O que el Chiqui Claudio Pérez, 10 años antes de ser pedido por Carlos Bianchi, iba a entrenarse a Jáuregui “con una remera de Boca toda agujereada, amarilla y celeste de lo gastada que estaba”.

 

 
 

 

Pero difícilmente conozcan todavía la historia de Sergio García, arquero que representando a Flandria fue campeón del mundo juvenil en 1979 de la mano de un tal Diego Armando Maradona. Menos aún que el propio Ricardo Enrique Bochini estuvo a punto de ser jugador del club, mucho antes de su aparición en Independiente.

Todos atraviesan la historia de este Flandria que hoy vela por los goles del Lobo Montenegro. Y pueblan un anotador que va cerrando sus páginas en Jáuregui.

Los aplausos acompañan la despedida del equipo, la voz del estadio repasa los autores de los seis goles. Ha ganado Flandria. Y eso excede a un mero resultado.

 

 

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